Silencio, pausa, (in)acción: el arte de-tenerse

Vivimos gran parte de nuestra vida a través del consumo: un nuevo celular, nuevo auto, nuevo restaurante para visitar. También iniciamos la era en la que ya no se coleccionan discos ni películas, sino que se rentan… toda la vida. La exigencia de sostenerse económicamente ha crecido y puede verse en la edad en la que se independizan hoy día los jóvenes, inician una familia o compran una casa. Claramente los cambios en la economía traen consigo cambios en nuestras formas de vida. Entre todos estos cambios aparece el autocuidado como una lista de pendientes; pero aquí discuto por qué el autocuidado no debe verse como una nueva forma de consumo, sino como el acto radical de detenernos.

Vivimos en una época en la que incluso el descanso parece tener que rendir cuentas. Donde el autocuidado se nos presenta como una lista de actividades “productivas”: hacer yoga, meditar, caminar, llevar una dieta saludable, leer antes de dormir. Y sí, todas estas acciones pueden ser valiosas, pero corremos el riesgo de convertir el autocuidado en una nueva forma de exigencia si no cuestionamos desde dónde lo ejercemos.

¿De qué sirve meditar si lo hacemos como una tarea más que debemos cumplir? ¿Cómo puede el ejercicio aliviar el cansancio si lo vivimos como una obligación impuesta? Estas prácticas pueden ser profundamente reparadoras, pero sólo cuando están vinculadas con una filosofía más profunda:

el derecho a detenernos.

El filósofo y psicólogo surcoreano Byung-Chul Han, en su obra La sociedad del cansancio, plantea que habitamos una época marcada por el exceso de positividad, donde ya no hay un opresor externo que nos explote, sino que nos autoexplotamos en nombre del rendimiento, la eficiencia y el crecimiento personal. El resultado es una fatiga existencial: “el sujeto de rendimiento se explota a sí mismo y cree que se está realizando”, escribe Han. En este contexto, detenerse se vuelve un lujo, un acto de resistencia.

El verdadero autocuidado no se trata de sumar más actividades a una agenda ya saturada. No es un proyecto de productividad emocional, sino una práctica íntima de escucha. Es preguntarnos: ¿qué necesito realmente? ¿Desde dónde estoy haciendo esto? ¿Estoy huyendo del cansancio o sosteniéndome en medio de él?

Detenernos puede tomar muchas formas: una caminata lenta sin rumbo, una conversación sin prisa, una siesta sin culpa, el silencio. A veces se manifiesta en el ejercicio, la meditación o el yoga, pero no como una rutina más que debemos cumplir, sino como espacios donde nos permitimos existir sin exigencias.

Cuidarnos, entonces, no es hacer más. Es dejar de hacer cuando el cuerpo lo pide, es descansar sin justificarnos, es soltar la necesidad de tener siempre una meta. En una sociedad que nos empuja a producir incluso nuestro bienestar, el descanso es una forma radical de reexistencia.

Compártenos tus ideas

Descubre más desde colectivo reexiste

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo